Trenes de la Vida

A veces siento que mis palabras, afiladas y precisas, podrían cortar el silencio en el instante perfecto.

Tengo la melancolía justa para desarmar la vergüenza y hablar sin máscaras, cara a cara. Pero algo me detiene.

¿Son palabras lo que brota de mí, o apenas letras desordenadas?

¿Es esta historia un suspiro fugaz o una página eterna?

¿Reflejan estas manchas de tinta días radiantes o noches sin fin?

No lo sé. Y, en el fondo, ¿qué importa?

En algún punto del camino, el Loco Soñador y el Chico Silencioso se quedaron atrás, atrapados en la encrucijada. Sus palabras, sin embargo, siguieron viajando, ligeras como el viento, hasta la estación del destino: RoNpeolas, donde un tren de largo recorrido espera con un boleto hacia lo desconocido.

La vida es un tren.

Un viajero incansable que salta de enlace en enlace, buscando un rumbo que a veces no existe y, aun así, lo abarca todo.

Caminamos, siempre caminamos, hacia un lugar que no entendemos del todo.

Llegamos, sin saber cómo, a estaciones que no elegimos. Y en ese misterio, yo lo llamo la Teoría del Tren.

La vida es cambio perpetuo. El tiempo, un río que fluye a su antojo; el espacio, un lienzo que se pinta y se borra; el destino, una ecuación sin respuesta.

Como los grandes tiburones blancos, que deben nadar sin pausa para respirar, nosotros también vivimos en movimiento. Incluso cuando creemos estar quietos, nuestro corazón compone una balada, un latido que escribe versos en el libro de la existencia.

Cada ser humano enfrenta la ardua tarea de guiar su viaje. Elegimos oportunidades, las dejamos pasar o nos perdemos en el horizonte. La estación es el cruce donde comienza el destino.

Los trenes llegan y parten, uno tras otro: algunos nos llevan a puertos cercanos, otros a tierras lejanas; unos traen promesas, otros la sombra del final. Pero todos exigen lo mismo: estar en el lugar exacto, en el momento preciso, con el alma preparada.

Los trenes del destino se dividen en cuatro:

  • Trenes de Cercanías, que tejen la rutina y los días pequeños.
  • Trenes de Largo Recorrido, que prometen aventuras y horizontes nuevos.
  • Trenes de la Oportunidad, fugaces, que cambian el rumbo en un instante.
  • Trenes de la Muerte, silenciosos, que llegan sin avisar.

Para subir a cualquiera de ellos, debes estar listo: en cuerpo, mente y espíritu, porque una vez que el tren arranca, no hay vuelta atrás. Y en ese viaje, entre estaciones y vagones, descubrimos que vivir es aprender a viajar sin mapa, confiando en que cada parada, cada desvío, nos lleva a ser quienes estamos destinados a ser.

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