Eran las cuatro de la tarde de un domingo. Como todos los domingos a esa hora el silencio inundaba la ciudad.
A ella le encantaban esas tardes de domingo, cuando el sol lo inundaba todo con su luz. Todo permanecía iluminado con su esplendor. Sí es cierto que alguna vez llovía, pero muy pocas veces, casi las podía contar con los dedos de una mano. Y aun en los días de lluvia, todo parecía tan iluminado, tan lleno.
En esas tardes de domingo ella ve la ciudad llena de energía, llena de vida oculta tras el silencio. Durante las demás horas del día la ciudad está llena de ruidos, de prisas, de miedos y valor, de secretos y de sentimientos ocultos. Solo las tardes de domingo la ciudad parece apaciblemente dormida, dormida pero llena de vida oculta entre la tranquilidad aparente.
Durante esas horas el sol lucía su máximo esplendor y la gente se recogía, durmiente, en sus casas. Nadie pasaba por las calles con prisas, con responsabilidades, las preocupaciones ya no inundaban el cielo de la tarde y el sol, solo el sol, llenaba todo con su luz.
A ella le inundaba una paz indescriptible cuando, todos los domingos a esa hora, se sentaba en el balcón de su casa y observaba la inmensa luz
y tranquilidad que inundaba su ciudad. Todo parecía dormido, pero a la vez vivo, vivo bajo una suave y falsa tranquilidad.
Pero ella no se sentía viva, y aunque adoraba esas tardes de domingo bañadas por el sol, se sentía sola cuando se sentaba en su balcón e imaginaba que todo el mundo estaba, como el día, lleno de vida. Pero ella no, ella no se sentía viva porque no tenía nada, estaba sola, siempre lo había estado. Pero su soledad solo se hacía palpable en esas tardes de domingo.
Era entonces cuando la tranquilidad, al inundarlo todo dejando atrás las prisas y los compromisos y dando paso a la paz de no hacer nada por obligación, hacía que su corazón se encogiera de dolor y de pena, porque ella se sentía sola, porque ella estaba sola.
A veces se imaginaba como él llegaba, abría la puerta con cuidado de no hacer ruido y se acercaba a ella sigilosamente para sorprenderla besándola en el cuello. Como ella se volvía y le rodeaba, cariñosamente, con sus brazos, el cuello y le besaba los labios con amor. Él le devolvía ese beso con fervor y riendo se dirigían hacia la cama. Las caricias se hacían más suaves y a la vez más apremiantes. El amor lo inundaba todo y lo que les rodeaba dejaba de tener sentido. Solo su amor, solo ellos, importaba.
Cuando la tranquilidad llegaba, ella permanecía en silencio, con los ojos cerrados,
abrazada a él. Se quedaba quieta aspirando su olor, sintiendo su cuerpo cerca del suyo, notando el latido de dos corazones a la vez, con miedo a abrir los ojos y ver que él ya se había ido, que todo era un sueño, que jamás volvería a tenerlo entre sus brazos.
No quiere abrir los ojos y despertar de ese dulce sueño de tenerlo a su lado, de sentirlo junto a ella, latiendo corazón con corazón. Pero siempre llega la hora de despertar, abrir los ojos y ver que todo es un sueño, que jamás volvería a tenerlo a su lado.
Era en esas tardes de domingo cuando ella envidiaba la tranquilidad de la ciudad, debajo de la cual se ocultaban los sueños vivos de las personas.
Sus sueños jamás se cumplirían, habían muerto con él en ese accidente.
Todas las muertes son un accidente de la vida, pero por desgracia algunos de esos accidentes ocurrían antes de que se pudiera disfrutar de todos los momentos de felicidad, de todos lo sueños.
Ahora ella estaba sola, viendo atardecer desde su balcón. A medida que el sol perdía su dominio la gente comenzaba a salir de sus casas y la ciudad empezaba a revivir el bullicio y la locura.
Ella permanece en su balcón, esperando que el sol deje de acariciar su faz con su luz, y que el
silencio y la tranquilidad de la tarde desaparezca, para así hacer borrar los recuerdos de su mente. Que todo vuelva a su rutina habitual, para así poder olvidar la soledad. Para dejar de soñar con lo que no volverá a pasar. Para dejar de torturarse con los recuerdos.
La noche llega sin avisar y ella permanece sentada en su balcón. La noche es calidad y la acoge entre sus brazos, ella no desea entrar en la fría habitación que la aguarda en casa. Se quedaría ahí, viendo las estrellas, sola.
Era noche cerrada pero la ciudad vibraba de vida. Ella sabía que en la tranquilidad de la tarde la gente solía adormilarse y dejar que el silencio invadiera las horas, pero ahora, por la noche, la seguridad de que la gente dormía era aún mayor.
Con tristeza ella mira al cielo y piensa que los que no duermen están disfrutando del amor, del amor que ella ya no tiene. Mira las estrellas que tiemblan de amor y de esperanza. Ella grita, con desesperación, que nadie duerma, que la gente olvide sus deseos de dormir y se dedique a amar, a amar cuando aun pueden, ya que nunca se sabe cuando ese amor te puede ser arrebatado con un soplo de viento.
Pero sabe que sus gritos van a ser en vano. Ella jamás hubiera dejado de preocuparse de sus cosas y dedicar más tiempo al amor si alguna loco le hubiera gritado que no se durmiera, que viviera
el amor. Ella lo habría olvidado y seguido con su vida como si nada de eso le pudiera ocurrir a ella.
Cierra los ojos y aspira el aroma de la noche, no soporta más esa eterna soledad, quiere acabar con ella para siempre, y sabe como hacerlo. Cuando la luz resplandezca de nuevo ella creará el silencio, pero el silencio eterno. Ella debe morir.
Ansia morir y grita a la noche que se disipe, que las estrellas oculten su brillo, que llegue el alba. Al alba vencerá, al alba ella vencerá a la vida, a la soledad, se entregará a la muerte y volará junto a su amado, dejando atrás la tristeza del silencio infinito y la tranquilidad de una vida apagada por el destino cruel. Un destino que hace latir la vida tras una máscara perversa, que nos hace olvidar, con sus interminables prisas y sus compromisos, que no debemos dormirnos y olvidar, que debemos vivir y amar.