El amor, ciego y acompañado de la locura (que como de costumbre no dejaba de hacer locuras de las cuales, a veces, se responsabilizaba al amor) era la fuente de compasión del resto.
Y algunas veces alguno de los demás se le acercaban ignorando a su compañera la locura.
El egoísmo, quien más culpable se sentía de todos, se acercaba al amor y les acompañaba. Pero el amor egoísta nunca sabe compartir, y cada vez que alguien se acercaba al amor, el egoísmo lo separaba bruscamente, hasta que un día el egoísmo intentó separar al amor de la molesta locura, y el amor, acabo alejándose del egoísmo.
La tristeza se pegaba al amor, compasiva y triste por el sufrimiento de este. Pero al rato se sentía tan triste por el dolor, que sin intención, a veces causaba el amor, que acababa alejándose del amor. La tristeza decía que se sentía tan triste que prefería estar sola, y alejaba al amor de su lado en vez de esperar a que este la ayudara.
La fe también se acercaba al amor de vez en cuando, pero solía elevarse tan alto que el amor se perdía de su lado porque estaba ciego y la locura, su fiel compañera, siempre estaba haciendo otras cosas.
La riqueza estaba tan ocupada cuidando de sus pertenencias que muchas veces olvidaba que el amor estaba a su lado, y el amor y la riqueza solían alejarse porque la desconfianza de la riqueza era más fuerte que su interés por el amor. Y así, el amor y la locura volvían a quedarse solos.
Un día el amor cayó en una zanja de la cual no sabía salir, estaba aprisionada y sin saber que hacer, desconocía como sería su final. Si este llegaría o si en cambio el amor sobreviviría.
Nadie, excepto el tiempo que encontró a la locura saltando de rama en rama y la siguió hasta el amor, se preocupo por ayudar al amor a salir de ese hoyo sin fondo.
Con paciencia y despacio espero hasta que el amor, por sí mismo consiguiera salir del hoyo. El amor le dio las gracias al tiempo y desde ese día el tiempo siempre aconsejaba al amor sobre qué hacer. Aunque a veces, la locura, venciera sobre el tiempo.
Un día el amor le preguntó al tiempo por qué, cuando todos excepto la locura acababan abandonándole, él siempre estaba ahí. Capaz de esperar a que las cosas se resolvieran, de una manera o de otra.
Y el tiempo contestó: porque yo, que vivo tanto, sé que hay darle un tiempo a todo, y esperar, a que el amor, como cualquier otra cosa de este mundo, madure, nazca, florezca o se muera. Porque así, viendo pasar la vida, he llegado a comprender lo importante que el amor es en la vida.